La Biblia es un libro que está repleto de historias y cada una tiene su moraleja. Muchas de esas narraciones concluyen con finales felices; mientras que otras, con trágicos desenlaces. Sin embargo, de todas ellas podemos aprender una valiosa lección. Los sucesos registrados en las Sagradas Escrituras están ahí para que imitemos las buenas acciones de los hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros y para que evitemos cometer los mismos errores en que ellos incurrieron.

El capitulo 25 del libro de Génesis nos muestra una historia de la cual podemos extraer una importante enseñanza. Había dos hermanos gemelos que respondían a los nombres de Esaú y Jacob, éstos eran hijos de Isaac, uno de los patriarcas de Israel, y de su esposa Rebeca. Según lo que podemos ver en la Biblia, las personalidades de estos chicos diferían mucho, uno era extrovertido y el otro era más reservado. Esaú era un muchacho del campo, que se había dedicado a la cacería, mientras que su hermano Jacob era más hogareño y pasaba más tiempo en la casa.

Un día, como de costumbre, Esaú salió al campo a cazar y cuando regresó, estaba muy cansado y hambriento, y vio a su hermano Jacob haciendo un guisado de lentejas. Esaú no perdió tiempo y fue a pedirle un poco de comer a su hermano menor, sin embargo, Jacob decidió aprovecharse de la situación y le dijo que si él quería comer de las lentejas, tenía que acceder a venderle su primogenitura. Esaú, quizás por la desesperación del momento, no lo pensó dos veces e intercambió su primogenitura por un plato de lentejas. ¡Grave error!

Talvez, usted está preguntándose, ¿de qué sirve ser el primogénito?, ¿por qué cometió Esaú un error? Le explico. En la sociedad en que vivimos, nacer de primero o de segundo no tiene ningún tipo de relevancia, no obstante, en el contexto en que se desarrolló esta historia, el primer hijo varón de una familia tenía privilegios que sus demás hermanos nunca tendrían. Por ejemplo, si la familia solo tenía dos hijos, el papá dividía la herencia en tres partes y dos de esas tres partes le correspondían al primogénito. Además de los bienes materiales que el padre podía dejarle como herencia, también estaba la bendición espiritual que, antes de morir, el papá declaraba sobre su hijo mayor. Esaú no valoró nada de eso, al contrario, lo menospreció (versículo 34).

Desconozco la razón por la cual Esaú cambió su primogenitura por un simple plato de lentejas. Sin embargo, pienso que la necesidad del momento fue más fuerte en su vida que las bendiciones futuras que su primogenitura le otorgaría. En otras palabras, Esaú canjeó algo de valor incalculable por una cosa que le proporcionaría un placer momentáneo. Véalo de esta forma, Esaú, ciertamente, sació su hambre, pero de seguro que después de dos o tres horas, volvió a estar hambriento; sin embargo, ya estaba desprovisto de su primogenitura.

Nosotros no somos tan distintos a Esaú. A veces, cometemos errores muy parecidos al que él cometió. Es probable que no seamos los primeros hijos de nuestras familias, pero como dije anteriormente, eso en realidad no sirve de nada en nuestra sociedad. Empero, hay otras cosas en nuestras vidas que son de mucho valor y las intercambiamos tan fácilmente por otras que solamente proporcionan placeres efímeros.

¿Cuál es su primogenitura? Yo no lo sé, pero puede que sea su ministerio o quizás la familia hermosa que Dios le ha regalado. Tampoco sé cual es el plato de lentejas que le están ofreciendo a cambio de una de esas bendiciones. Es probable que Satanás le esté ofreciendo un momento de placer con una persona que no es su cónyuge o lo esté incitando a que haga algo que usted sabe que está mal… en fin, hay muchos platos de lentejas que el enemigo nos ofrece diariamente, sin embargo, no podemos pensar en el placer fugaz que eso va a producir, sino en la futura amargura que traerá a nuestras vidas y a las vidas de las personas que amamos.

Todas las decisiones que tomamos tienen consecuencias. Si tomamos buenas decisiones, vendrán cosas buenas a nosotros, pero si tomamos malas decisiones, acarrearemos consecuencias negativas. Tomemos como ejemplo la historia que Joshua Harris nos cuenta en uno de sus libros acerca de un joven misionero que estaba comprometido y a punto de casarse con su novia. No obstante, él estaba terminando una misión en la India. Una noche, se dejó seducir de los placeres de la vida y entró a un burdel en el cual se acostó con una prostituta. ¡Terrible decisión! Este joven sólo pensó en el placer que tener sexo con esa mujer le proporcionaría y no en las consecuencias de sus acciones. Un momento de placer destruyó cuatro cosas importantes de la vida de este joven: su relación con Dios y con su prometida, su ministerio, y su propia vida, porque lo que menos él se esperaba es que esa prostituta era portadora de VIH.

Amados lectores, mi intención con este escrito es ponerlos a reflexionar en las posibles consecuencias de sus acciones. No tomen decisiones a la ligera, no cambien sus bendiciones por un plato de lentejas. Si el enemigo los está tentando a que hagan cosas que ustedes saben que son malas, pídanle ayuda a Dios y Él los ayudará. Además, les aconsejo leer un artículo que escribí hace algunos meses acerca de cómo vencer las tentaciones. Haga clic aquí para leerlo.

Con cariño,

Emmanuel Paniagua.

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Un comentario en «Por un plato de lentejas»

  1. Buen punto, el 80 por ciento del ser humano, se basa en lo inmediato, en el a hora, en la necesidad del momento, no en el mañana y lo mas lamentable es que el pueblo de Dios, se encuentra en ese 80 % cuando la biblia dice que tenemos que pensar en las cosas de arriba en la que permanece para siempre, me explico, se supone que tenemos que trabajar para lo eterno, el cielo, para reinar con Cristo, que pasa? Que estamos viviendo como si todo acabará aquí, pensamos en resolver más lo pasajero que lo eterno, yegua un punto en que soltamos lo eterno lo que verdaderamente vale por algo que hoy es y mañana no es, las lentejas te la comes a hora y ya a las dos horas tienes hambre otraves.

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