Si el lector es conocedor del significado del adjetivo “piadoso” desde el punto de vista religioso, es probable que haya comenzado a formularse algunas interrogantes: si la idolatría es un pecado y es una abominación delante de Dios, ¿cómo puede ser piadosa? Bueno… en realidad, no lo es. Si no lo es, entonces ¿por qué el título? Debido a que hay algunas cosas pertenecientes a la piedad cristiana que, lamentablemente, por el desconocimiento, pareciera que algunos hermanos e iglesias las idolatran. Para empezar, seré muy franco, creo que la mayoría de hermanos que han caído en esto son cristianos genuinos, pero que tienen una noción distorsionada con relación a algunos conceptos clave para la fe cristiana.

Según el Diccionario bíblico ilustrado Holman, la idolatría es una categoría amplia de acciones y actitudes que incluye adorar, reverenciar o rendir honores religiosos a cualquier objeto, persona o entidad que no sea el único Dios verdadero. Sin embargo, la idolatría no se circunscribe únicamente a la adoración de objetos concretos, tales como: imágenes, estatuas, animales, etc. sino que también abarca la adoración de cosas abstractas, por ejemplo: la avaricia. El apóstol pablo exhortó a los hermanos de Colosas a que eviten la avaricia, debido a que esta es considerada una de las tantas formas en las que se presenta la idolatría. Observemos: “Hagan, pues, morir todo lo que hay de terrenal en ustedes: que nadie cometa inmoralidades sexuales, ni haga cosas impuras, ni siga sus pasiones y malos deseos, ni se deje llevar por la avaricia (que es una forma de idolatría) [Colosenses 3:5 DHH, negritas nuestras].

Como pudimos notar en el párrafo anterior, la idolatría no tiene necesariamente que ver con la adoración literal de imágenes y objetos, sino que hay concepciones abstractas; es decir, cosas que no se pueden ver ni tocar, que aunque no son un ídolo per se, si se lo permitimos, pueden convertirse en uno. Tal es el caso de algunos conceptos indispensables para el cristianismo que, a lo mejor, por una mala interpretación de los mismos, pareciera que algunos hermanos, sin querer, han hecho ídolos de ellos. Supongo que en este punto, el lector está esperando que yo deje el rollo y que le diga a cuáles cosas me estoy refiriendo. Veamos:

  • La santidad.

De aquí a lo que resta de este artículo, seré muy cauteloso, porque no quiero ser malentendido por mis queridos hermanos en la fe que leerán este escrito. La santidad juega un papel preponderante en la relación del creyente con su Salvador, de hecho, es algo que Dios le exige a cada hijo suyo. No obstante, he notado que en algunas iglesias, ciertas personas la colocan en un lugar que no le corresponde. He visto que para muchos hermanos, la santidad es el medio para llegar a Dios, de hecho, una noche escuché a una pastora en un municipio de mi provincia decir que la santidad es lo que acerca al hombre a Dios, y yo me pregunto ¿acaso no es eso lo que hace Jesús? Si la santidad es lo que acerca al hombre a Dios, entonces ningún ser humano sería salvo, porque el hombre no es santo en si mismo. Contrario a lo que piensan muchos, la santidad no es el medio para la salvación, sino el resultado de la misma. Yo no soy salvo porque soy santo, yo soy santo porque soy salvo. En otras palabras, la salvación no sigue a la santidad, la santidad sigue a la salvación. Cuando el pecador viene a Cristo, Dios lo salva por pura gracia, e inmediatamente, lo declara santo, pero esa santidad no es inherente del pecador, sino que es la santidad de Cristo imputada a él. ¿Qué estoy diciendo entonces? ¿Qué la santidad no tienen ningún valor? ¡Líbreme Dios de tal cosa! La santidad es sumamente importante, porque es una prueba de que somos salvos, de hecho, yo no creo en un creyente que diga ser salvo, pero que no viva una vida piadosa delante de su Señor. El que no puede ser santo, tampoco puede ser salvo, no porque sea la santidad que salve, sino porque la santidad es la evidencia de que ya hemos sido regenerados por el Espíritu de Dios. Además, el autor de la carta a los Hebreos nos dice lo siguiente: Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. [Hebreos 12:14 NVI].

Yo no soy salvo porque soy santo, yo soy santo porque soy salvo.

  • La oración.

La oración es una de las herramientas más importantes a la que tenemos acceso los hijos de Dios. Yo siempre he creído que no se puede ser cristiano sin orar. ¡Eso es imposible! Si la oración es tan buena, ¿por qué vengo yo a ponerla en este renglón? El problema no es de la oración, el problema es de los que oran, que piensan que la oración tiene poder en si misma. Yo estoy seguro de que usted, al igual que yo, ha escuchado a más de uno decir: “Hay poder en la oración”, pero en realidad, no hay poder en la oración, ni en el que ora, el poder está en el que escucha la oración y la responde; es decir, en Dios.

  • La fe.

“Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve”. [Hebreos 11:1 NVI]. La fe, quizás, no cabe en este renglón, porque no creo que la gente la trate como a un ídolo. Lo que sí pienso es que algunos hermanos ven la fe como un instrumento con el cual ellos pueden obligar a Dios a hacer lo que ellos quieren que Dios haga en el tiempo que ellos quieren. El problema en este punto no consiste en exaltar la fe a nivel de Dios, sino en rebajar a Dios al nivel de un siervo que hace lo que nosotros queremos. Cuando Dios responde una oración nuestra, no lo hace porque nosotros tenemos fe, lo hace porque simplemente, es su voluntad. Es obvio que para que Dios haga algo por nosotros, debemos tener fe, pero aun así, no es mi fe lo que hace que Dios lo haga, Dios lo hace porque es su voluntad hacerlo. Si Dios hiciera todo por causa de nuestra fe, entonces respondería todas nuestras oraciones. Sin embargo, hay oraciones que realizamos con toda la fe del mundo, pero Dios no las responde, ¿Por qué? ¿Por qué no tenemos fe? Por supuesto que no, simplemente, no es su plan ni su voluntad.

Amados, hermanos. Espero haberme dado a entender. No estoy diciendo que la santidad, la oración y la fe sean ídolos en si mismos, porque no lo son. Tampoco estoy diciendo que sean malas o que no debamos buscarlas, al contrario, pienso que son buenas y necesarias y todas vienen de Dios. No obstante, hay cosas buenas que Dios ha hecho por la humanidad que han resultado en su detrimento, debido a que los hombres han hecho ídolos de ellas. Un ejemplo de esto es la serpiente de bronce que, en Números 21, Dios le dijo a Moisés que erigiera para que cuando los israelitas que habían sido mordidos por una serpiente la vieran, vivieran y no murieran. Sin embargo, en 2 Reyes 18:4 vemos que los israelitas habían hecho un dios de esa serpiente. ¿Qué pasó ahí? Que lo que Dios había diseñado como una cura, los israelitas lo convirtieron en una enfermedad. La santidad, la oración y la fe son buenas, pero nunca… nunca deben ocupar el lugar de Dios o un lugar que no les corresponda.

Con cariño,

Emmanuel Paniagua.

Entradas relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *