Los peligros de la lengua

Han sido muchas las ocasiones en las que he tenido que tragarme mis palabras. ¿No les ha pasado a ustedes lo mismo? ¿Nunca han dicho algo de lo que luego se han arrepentido? Lo más probable es que su respuesta sea afirmativa, debido a que, como dice Santiago, “…todos ofendemos muchas veces…”. (Santiago 3: 2ª). La lengua es un miembro bastante pequeño, pero es capaz de realizar grandes hazañas, es un pequeño fuego que puede encender un gran bosque (Santiago 3:5). Desafortunadamente, la lengua es un mal que no puede ser refrenado (Santiago 3:8). Sin embargo, hay algunas cosas que podemos hacer para evitar caer en los peligros de la lengua.

Pero primero, veamos por qué es necesario tomar medidas que nos ayuden a controlar las cosas que decimos:

  • Porque el que mucho habla, mucho peca.

“En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente”. (Proverbios 10:19).

Pecado es todo lo que hacemos, pensamos y DECIMOS que no es del agrado de Dios. ¿Por qué hablo del pecado aquí? Porque, frecuentemente, consideramos que pecado es únicamente las cosas malas que hacemos y las que pensamos, pero muy pocas veces consideramos que con nuestras palabras podemos ofender a Dios y, de hecho, lo ofendemos de esta forma muy a menudo. Es un asunto de lógica: mientras más palabras salen de mi boca, más probabilidades tengo de fallarle a Dios con lo que digo, por lo tanto, tomemos el consejo de Santiago y seamos prestos para oír y tardos para hablar (Santiago 1:19).

  • Porque tendremos que dar cuenta de cada palabra ociosa que digamos.

“Pero yo les digo que en el día del juicio todos tendrán que dar cuenta de toda palabra ociosa que hayan pronunciado”. (Mateo 12:36 NVI).

Cuando leo estas palabras, se me erizan los pelos y, honestamente, me da un poco de temor, porque la verdad es que soy muy parlanchín. Sin embargo, pienso que yo no debería ser el único que se estremezca al leer o escuchar que daremos cuenta de cada palabra ociosa que digamos. Esto debería movernos a reflexión. ¿Ustedes han pensado en cuantas palabras huecas y ociosas pronunciamos al día? Louann Brizendine escribió en su libro “El cerebro femenino” que una mujer promedio puede hablar cerca de 20,000 palabras diarias y que los hombres somos capaces de pronunciar 7,000. Pienso que estas cifras son un poco hiperbólicas, pero, aun así, es mucho lo que hablamos diariamente. Seamos cautelosos y abramos nuestras bocas solamente cuando sea necesario para que evitemos caer en los peligros de la lengua.

  • Porque las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

“No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres”. (1 Corintios 15:33).

Hay un dicho popular que dice: “dime con quién andas y te diré quién eres”.  Yo lo modificaré un poco y lo pondré de esta forma: “dime con quien hablas y te diré en lo que puedes convertirte”. Hay personas con las cuales es un gusto hablar, puesto que puedes aprender un montón con ellas y, además, te hablan de temas edificantes. No obstante, hay otras con las cuales no deberíamos compartir más que un saludo, porque cada vez que hablamos nos influencian de manera negativa. En una ocasión, tuve que alejarme de un amigo, porque solamente me daba malos consejos, y en realidad, cada vez que hablaba con él, sentía que mi relación con Dios se deterioraba, porque esas malas conversaciones estaban corrompiendo las buenas costumbres que había adquirido.

  • Porque el que guarda su boca guarda su alma.

“El que guarda su boca guarda su alma; mas el que mucho abre sus labios tendrá calamidad”. (Proverbios 13:3).

Ha habido personas que han perdido la vida, simplemente por haberle dicho una palabra hiriente a otra persona. No todas las cosas se dicen. Según algunos, hay palabras que duelen más que duros golpes, y siendo sincero, a veces es verdad. Antes de decir algo que pueda herir a alguien, piénsenlo dos veces, porque su silencio podría salvar su vida. Además, “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego”. (Proverbios 15:1 NVI).

Hay muchas otras razones por las cuales debemos cuidar lo que decimos, pero creo que ya he dado suficientes. Así que ahora veamos cómo podemos eludir caer en los peligros de la lengua:

  • Escuchando más a la gente.

He notado que una de las razones por las que, en ocasiones, hablamos más de la cuenta es porque solamente queremos ser escuchados y nos importa un bledo lo que digan los demás. A lo mejor, si damos prioridad a lo que los otros dicen mientras hablan con nosotros, no estaríamos abriendo la bocota cada segundo.

  • Evitando hablar mal de la gente.

Sé que ustedes al igual que yo conocen a alguien que siempre está hablando mal de los demás y que, usualmente, se mete en problemas por hablador. Ustedes no quieren ser como ellos, ¿verdad? Pues entonces, no estén hablando mal de la gente, porque aparte de que nos puede meter en líos, también es una de las características distintivas de los mediocres y cobardes. Tomen el consejo del famoso político e inventor estadounidense Benjamín Franklin, quien dijo: “No hablaré mal de hombre alguno y de todos diré todo lo bueno que sepa”.

  • Cuidando el corazón.

Estoy casi seguro de que muchos de ustedes han buscado estrategias para controlar su lengua y para evitar “meter la pata”. No obstante, han notado que la mayoría de esas estrategias no funcionan y que siguen hablando demás y metiéndose en problemas por decir lo que no deben; porque en realidad, el problema principal no es la lengua, sino el corazón. “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca. (Lucas 6:45 LBLA).

Estimados hermanos, escojamos cuidadosamente las palabras que vamos a pronunciar, tomemos las medidas que sean necesarias para no caer en los peligros de la lengua, pero sobre todas las cosas, tenemos que prestarle atención a nuestro corazón, puesto que todo lo que decimos, tiene su origen ahí.

Con cariño,

Emmanuel Paniagua.

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